martes, 14 de agosto de 2007

La función del arte, Eduardo Galeano


Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: ¡Ayúdame a mirar!


(Colaboración de Virchi)

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Es así, muchas veces nos pasa eso.Hay tantas cosas tan maravillosas en el universo.No es necesario que sean grandes cosas,si no estamos acostumbrados a verlas cosas como el mar nos peuden asombrar y claro,nececitamos ayuda para mirar.Esto no es sólo válido para cosas hermosas como el mar sino tambien para muchas cosas con las que debemos enfrentarnos diariamente.