Era una noche de cristal,
con ese brillo que le ponían las estrellas,
los árboles que se movían de un lado a otro,
por ese viento inquieto y divertido.
Todos estaban felices en esa noche,
menos yo, solo, triste, vagabundo, y pensante
sin saber qué hacer, dónde ir o por dónde caminar.
Sí, sólo yo estaba triste, nadie más que yo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas,
por mi fastidiosa soledad,
que se llenaba por mi pensamiento.
Mi pensamiento era la fuente de mi tristeza,
porque yo sólo pensaba en tu belleza.



